" -¿Por qué lo has tratado tan mal, si no estaba infectado? -le preguntó Kan en tono lisonjero,
con voz marcadamente suave.
-Como medida preventiva.
-No, amigo mío, lo que has hecho no tenía nada que ver con la medicina. Más bien
con la desvergüenza. ¿Con qué derecho has podido tratarlo de esa manera?
-Por favor, no me llames «amigo», ¿lo has entendido? ¿Que con qué derecho? ¡Con el
derecho del más fuerte! ¿No has oído hablar de ese derecho? Y ahora lárgate ahora mismo,
si no quieres que os peguemos un tiro a ti y al mocoso que te acompaña. Ha sido
una medida preventiva. ¿Lo entiendes? -Con el movimiento que Artyom ya conocía, el
barbudo desabrochó el chaleco y llevó la mano a la funda.
En esta ocasión, Kan no tuvo tiempo de detener a Artyom. Antes de que el barbudo
hubiera podido abrir la funda, se encontró con el cañón de un fusil de asalto. Artyom
respiraba pesadamente, oía los latidos de su propio corazón, la sangre le golpeaba las sienes,
en su cerebro se proyectaban pensamientos sin sentido. Solo entendía una cosa: si
el barbudo decía una palabra más, o agarraba la empuñadura de la pistola, le dispararía
al instante. Artyom no tenía ninguna intención de huir de los perros como antes había
hecho el flaco. No iba a permitir que la jauría lo despedazara.
El barbudo se detuvo a la mitad del movimiento y echó relámpagos de ira por sus ojos
oscuros. Y entonces sucedió algo inimaginable. Kan, que hasta aquel momento se había
mantenido aparte, dio un gran paso hacia delante, hasta encontrarse frente al rostro
de su enemigo. Le miró a los ojos y le dijo en voz baja:
-Déjalo. Obedéceme. Si no, morirás.
La amenazadora mirada del barbudo se enturbió, sus brazos quedaron colgando sin
fuerzas, cual trenzas, a ambos lados del cuerpo. Su movimiento tuvo tan poca naturalidad
que Artyom no dudó ni un momento: si algo había influido sobre aquel hombre, no
había sido su arma, sino las palabras de Kan.
-No me hables del derecho del más fuerte. Eres demasiado débil -dijo Kan, y se volvió
hacia Artyom, quien se maravillaba de que Kan no hubiera intentado desarmar a su
oponente.
El barbudo estaba inmóvil e iba mirando hacia todos lados, presa de la confusión. Las
conversaciones cesaron. Todo el mundo estaba esperando a saber qué más diría Kan. El
control sobre la situación se había restablecido. "
Moraleja : No hace falta armas para tener poder , las palabras también sirven .
PD : Fragmento sacado del libro " Metro 2033 " de Dmitry Glukhosky .
Espero que os guste y si os gusta compraros el libro ;D
D.-
Kriptonita.
Hace 11 años

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